AYUDAR SIN ENJUICIAR (Sobre el juicio I)

En medio de la tragedia en Venezuela, abstenerse del juicio puede convertirse en una forma concreta de ayudar y hallar paz hoy.
Mano abierta recibiendo una pluma blanca como símbolo de abstinencia de juicio y paz interior.

Desde los terremotos del 24 de junio en Venezuela, me he visto obligada a volver, una y otra vez, a una práctica espiritual tan difícil como útil: la abstinencia de juicio.

Soy venezolana, pero estoy en Minnesota, mientras muchos de mis seres queridos están en Venezuela. Desde aquí mi corazón se retuerce entre la inmensa gratitud de saberlos con vida y el profundo duelo por tanta destrucción y muerte en mi país.

Ante una tragedia de esta magnitud es natural querer entender y buscar culpables. Pero quizás no estemos conscientes de que cuando juzgamos y condenamos, añadimos miedo, rabia y desesperanza al dolor que ya existe. Tal vez abstenernos del juicio sea una forma de ayudar cuando no se nos ocurre nada más que hacer.

Esta idea no es ingenua u original. Líderes como Mahatma Gandhi, Rigoberta Menchú, Nelson Mandela o Malala Yousafzai han cambiado el curso de la historia desde una consciencia de paz en medio de sufrimientos inmensos.

Ahora bien, si la consciencia «se contagia», importa a qué exponemos nuestra mente. De ahí que procure ser cuidadosa con mis fuentes. En tiempos como éste, evito navegar directamente las redes sociales, donde cualquier contenido nos puede asaltar sin filtros. Y con todo, he recibido centenares de mensajes reenviados desde las redes, principalmente de venezolanos que, como yo, no están en Venezuela.

Muchos de estos mensajes tienen información valiosa que he agradecido y procurado difundir: listas de personas desaparecidas o encontradas, hospitales, centros de acopio, recursos para buscar seres queridos y lugares donde donar sangre. Después suelen llegar otros con imágenes espantosas, acusaciones, teorías de conspiración y expresiones de indignación. Estos contenidos «indignados» tienen algo en común: nacen del juicio, uno de los estados de consciencia más destructivos.

Por supuesto que el juicio no me es ajeno. Mi mente quiere tener razón, con la falsa promesa de que ello me va a aliviar el dolor. Esa parte de mí, que algunos llamarían «ego», quiere entender, condenar y decidir quiénes son los buenos y los villanos. Pero me consta que el juicio nace de un espejismo: la enorme desproporción entre lo poco que sabemos y la certeza con la que juzgamos.

En el próximo post exploro las consecuencias de elegir entre la paz y tener la razón, así como las confusiones que nos hacen resistir la paz. En el tercero, último de esta serie que he llamado «Pero yo no sé eso», comparto algunas herramientas que me han ayudado a abstenerme de juzgar y volver a una consciencia de paz. Al final, les pido un favor.

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