Hoy tengo unos de estos días en que nada me da ánimo. Ya ha comenzado el otoño bastante frío y sin que hayamos gozado ¡ni siquiera! de un verano caliente. Frío sobre más frío y estoy cansada. Entonces me pongo a limpiar mi computadora y me encuentro con este escrito… a propósito de otro tiempo frío y con el mismo sentimiento. Al final un lema viene a mi rescate.
La primavera está comenzando bien tarde. Todavía hace frío y aunque algunos árboles ya han empezado su espectáculo de inundación de flores sólo logro ver mi patio horroroso lleno de pupú de perro por recoger, con malezas de las que no me he ocupado y los conejos haciendo de las suyas con las pocas matas de flores que me quedan, todas necesitadas de cariñito.
Tengo montón de ropa que doblar, no me he ocupado del blog, cantidad de diligencias aburridas con las que no quiero lidiar y cero inspiración para escribir la novela. Entonces me ataca la vergüenza tóxica “¿cómo se te ocurre tener un mal día cuando tanta gente cercana y querida está sufriendo por motivos reales?”.
Bueno, por experiencia sé que es tiempo de meditar. Por suerte hoy no trabajo temprano así que practico mi prédica. Me echo en el suelo por 20 minutos a respirar profundo y tratar de distanciarme de mis pensamientos. Los pensamientos ganan y salgo de la meditación más alterada que serena: con una lista irrealizable de cosas pendientes, algunas de las cuales incluyen seres vivos (mis sobrinos, mi perra, mis matas) que van a sufrir por mi negligencia.
Me arrastro a la computadora y empiezo a escribir. Tengo sueño pero la idea de tomar una siesta me horroriza. Nada que hacer. Mi mente grandiosa -que supone que el mundo se va a detener si yo no hago lo que debo- me fuerza a seguir tratando de completar algo. Por eso escribo esto.
Empiezo a temer que ya es casi hora de irme a trabajar al café y que me toca cerrar: un trabajón. Para completar ahora inventaron un esperpento de “La hora feliz de la merengada helada” (Frappi-hour) y voy a llegar en pleno frenesí de la gente pidiendo bebidas azucaradas con la “gentileza” de un adicto que necesita su “arreglo”.
Mi cabeza hoy no puede ser más negativa. Entonces recuerdo un lema que siempre me ayuda “No dejes que un mal rato te convenza de que tienes un mal día. No dejes que un mal día te convenza de que tienes una mala vida.”



