Cuando los niños pueden jugar, zambullirse, golpear, silbar, gritar y retozar desarrollan regulación cognitiva, emocional y física.
El juego físico eleva el ánimo y pone las cosas en perspectiva
El juego físico eleva el ánimo y pone las cosas en perspectiva

Nobert Rosing, un fotógrafo alemán, estaba fotografiando unos perros huskies (de los que usan para arrastrar trineos) cuando se apareció un oso polar que deambulaba hambriento. Los perros estaban encadenados y se hizo un momento de tensión muy grande hasta que a una perra se le ocurrió menear la cola dando señales de que deberían jugar en vez de luchar.
Esta llamada fue tan irresistible que todos (el oso hambriento y los perros tensos) suspendieron por un momento el instinto depredador y se pusieron a jugar y retozar creando unos momentos increíblemente tiernos y cómicos como los que se ven en las fotos.

Polar Bear3
Tal parece que el juego brusco es clave para desarrollar destrezas imprescindibles para el bienestar del alma y el corazón. Stuart Brown (el estudioso de los juegos que mencioné en un post pasado) sugiere: “Debería permitírsele a los niños preescolares zambullirse, golpear, silbar, gritar, ser caóticos, y desarrollar a través de esto gran parte de la regulación emocional y muchos de los otros subproductos sociales – cognitivo, emocional y físico — que vienen como parte del juego brusco.”

Polar Bear 2A pesar de que con frecuencia se me olvida, parte importante de mi autocuidado y cariñito para el alma (auto-crianza) pasa por encontrar un rato para “juegos agitados” como retozar con mi perra o lanzar la pelota en el aro en competencia con mi esposo. Será por el movimiento o por la risa pero es milagroso como disuelve tensiones, preocupaciones y pone las cosas en perspectiva.

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