
Conozco a alguien que, refiriéndose a los Programas de Doce Pasos, dice “Tienes que estar verdaderamente desesperado para que nos encuentres interesantes”. Algunos llamamos esto “el regalo de la desesperación.” Para los codependientes, ese regalo viene con frecuencia en forma de drama, caos interno (a veces externo), atracciones fatales y abusivas con secuelas de depresión, ansiedad y tragedia provocada.
Parezcamos o no, los adictos somos rebeldes. Y la primera rebeldía es contra la espiritualidad recomendada en el lema del Dr. Bob: “Confía en Dios, limpia tu casa (espiritual) y ayuda a otros”. Encontré el Libro Grande en un momento personal de profundo caos mental y desesperación, aunque a juzgar por mis apariencias se hubiera dicho que me estaba yendo bastante bien…algo gorda pero no taaaan gorda. Repitiendo los mismos errores en relaciones personales y diciéndome de tanto en tanto “no me puedo creer que estoy haciendo esto ¡otra vez!… pero hay gente más loca ¿no?”.
Precisamente, uno de los rasgos más peligrosos de la codependencia es la negación, pérdida de memoria y “cambio de opinión” que emergen de la propia enfermedad. En otras palabras, periódicamente, mi enfermedad me dice que no tengo una enfermedad y que yo puedo arreglármelas con mis propios medios. Es un rasgo de la adicción que va más allá de la negación y se extiende hasta la recuperación haciéndola peligrar.
Sin motivo aparente, pensamientos de “no es para tanto” me asaltan, se me olvida lo que he sufrido tratando de recuperarme sin la ayuda de los Programas y me provoca dejar mis prácticas diarias de meditación, autoevaluación y servicio que me conectan con esa fuerza amorosa que por razones prácticas llamo “Dios”.
Hace poco me contaron algo que refleja este rasgo de la enfermedad. Este chiste lo que no tiene de cómico lo tiene de gráfico: Una codependiente en recuperación va a recibir una condecoración y va tan retardada que puede perder la ceremonia. Desesperada ora “Querido Dios, yo sé que me estoy saboteando mis triunfos llegando tarde pero ¡por favor, ayúdame! y encuéntrame un puesto para estacionar. Te prometo cuidarme mejor en el futuro”. En eso, ve un puesto vacío, justo a la entrada. Contentísima, exclama “Tranquilo, Dios, no te molesto más ¡ya conseguí un puesto!”



