¿Por qué me da culpa cobrar?

Una relación confusa con el dinero suele reflejar dolores emocionales no reconocidos. A veces se manifiestan como vergüenza por lo que no podemos permitirnos; otras veces, como culpa por atrevernos a desear algo que creemos “demasiado”.

Sin embargo, una de las formas más silentes —y comunes— de nuestros problemas con el dinero es la culpa o dificultad para cobrar, especialmente si disfrutamos lo que hacemos.

Este conflicto con el dinero tiene raíces culturales profundas. Muchas crecimos con la idea de que “ser buena persona” implica dar sin esperar nada a cambio. En contextos marcados por la tradición católica u otras religiones que glorifican el sacrificio, nos dijeron que el amor verdadero es abnegado, silencioso y gratuito. Se nos enseñó a mirar con recelo a quien pone precio a su trabajo. Se esperaba que el alma entregara, pero no que pidiera. Curiosamente, quienes lideran religiones con estas ideas pocas veces renuncian al lujo.

Muchas mujeres —sobre todo las que nos sabemos codependientes— aprendimos que el reconocimiento y el cariño llegaban solo cuando hacíamos de más, callábamos lo que necesitábamos y suprimíamos nuestros sueños. Aprendimos a buscar amor siendo invisibles y útiles. Por eso, cobrar puede sentirse como una amenaza a quienes somos y a cómo nos relacionamos: como si al poner un precio a nuestro trabajo o creaciones, corriéramos el riesgo de dejar de ser apreciadas, queridas o respetadas. Cobrar, entonces, se vuelve una amenaza difícil de discernir, aunque muy potente.

Claro que existen razones para desconfiar del dinero: ha sido usado para explotar, dominar y destruir. Pero confundir el dinero con la codicia es como culpar al cuchillo por la herida. El dinero es tan solo un instrumento y, si se quiere, un símbolo para la energía creadora con la que beneficiamos a otros. Lo que importa en nuestra relación con el dinero es la conciencia que lo guía.

El miedo a tener límites, la necesidad de aprobación, el autosacrificio y la baja autoestima —principales temas de dificultad para las codependientes— también se reflejan en la economía personal. Por eso, hablar de dinero no es hablar de cifras: es hablar de heridas y sanación.

Y cobrar lo justo no nos hace capitalistas ni avariciosas. Nos hace responsables de nuestra energía como adultas capaces de sostenernos. Y de paso, no colaboramos con la avaricia de quienes se benefician de nuestra inseguridad o confusión. Después de todo, recibir es tanto una habilidad como un acto de amor.

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Isabel
Isabel
8 months ago

Me ayuda mucho saber que yo sola no soy la que siente culpa. Gracias

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