
Para mi amiga Trini, en su cumpleaños.
Recientemente he tenido una temporada difícil. Los asuntos de Venezuela de los que hablé en este post me han puesto en contacto forzado con un narcisista encubierto y un círculo social que lo habilita. En este terreno vulnerable debo vigilar mi codependencia y practicar con más disciplina mis programas, sobre todo cuando aparece la tentación de controlar el sufrimiento ajeno como si fuera “una buena idea”.
Pues justo ayer la vida me ofreció un día de contrastes. En la mañana estuve a punto de cancelar una clase de danza por un asunto menor con mi gata. Mi esposo, parte de mi red de recuperación, me preguntó:
—¿Estás poniendo el bienestar de la gata antes que el tuyo?
Eso me devolvió claridad. Decidí ir y fue un acto de verdadero autocuidado. En la clase me divertí y viví un rato de la adolescencia que no tuve, bailando la música de los 70s. Sentí a mi Poder Superior regalándome ese pasado feliz que, antes de la recuperación, no creía posible y —como para que no me quedaran dudas del milagro— la instructora resultó ser venezolana. Aquí en Minnesota, donde vivo.
En la tarde, sin embargo, algo traumático sucedió. En una gran avenida, presencié a una mujer desmayada al volante que venía directo hacia mí. En el último instante, de manera casi surreal, su auto cambió de dirección y terminó en un barranco. Vi humo y gente corriendo. Yo temblaba de pavor y, cuando pude pensar, lo primero que surgió fue vergüenza tóxica: no se me ocurrió nada para salvarla. ¿Por qué no pensé en atravesar mi auto antes de que el suyo cayera al vacío?
Como se puede ver, mi primera reacción al sufrimiento sigue siendo codependiente, sea en lo menor (la gata) o en lo mayor (el accidente). En ambos casos apareció la súper responsabilidad codependiente: YO tengo que resolverlo. Estaba claro que necesitaba ir a una reunión de Codependientes Anónimos.
En el próximo post contaré cómo la oración me llevó a la reunión que necesitaba y el milagro que encontré allí.




Muchas Gracias a mi querida hermana del alma Maru. Gracias porque cuando hay afectos genuinos no hay distancias posibles .