Juan Manuel Briceño Guerrero, un autor venezolano considerado filósofo por la mayoría, solía recomendar que nos cuidáramos de andar diciéndole a la gente sus verdades. Según él, una verdad puede tocar el ser de una persona y despertar su necesidad de resistirla con la energía de un reactor nuclear. “Si usted se atreve” -solía decir en su dulce y campechana manera- “corra sin mirar pa’ atrás”.
Ahora bien, cuando nos estamos recuperando es otra historia. En recuperación, tenemos que enfrentar ciertas verdades que son difíciles de admitir y asimilar. Para evitarlas hemos estado usando, muchas veces sin darnos cuenta, las sustancias de nuestra adicción. En el caso de la codependencia, la “sustancia” es el control manifestado en patrones de negación, baja autoestima, complacencia, control compulsivo y evitación.
Yo recuerdo que cuando llegué a CoDA, no me pude identificar como una persona controladora ¡Al contrario! Me veía como alguien siempre dispuesta a negociar, flexible, aunque con opiniones definidas y fuertes.
Bueno, la negación (yo no soy controladora), la complacencia (puedo estirar mis verdades para que me acepten), el control (siempre hay una manera para cambiar lo que otros piensan y sienten), la evitación (cualquier cosa antes de permitirme ser vulnerable) e incluso la baja autoestima (yo mejor vuelo bajito y sin notoriedad) son formas paradójicas y auto-derrotistas para tratar de controlar lo incontrolable: el sufrimiento que implica la vida, esa experiencia que nos da todo y todo nos lo quita. La vida en términos de la vida, como dice el Libro Grande de AA. Los codependientes somos alérgicos al sufrimiento y usamos, fallidamente, todo a nuestra disposición para evitarlo.
El control, como el alcohol, drogas u otras sustancias adictivas, puede crear la ilusión de que funciona por un tiempo pues nos “saca” temporalmente de la aceptación de la realidad y mitiga temporalmente los sentimientos dolorosos que conlleva aceptar, aunque luego esa misma sustancia (sea alcohol, comida, o cualquier otra “sustancia” que usamos para “escaparnos”) pase a controlarnos pues necesitamos su “uso” para apenas funcionar.
Yo, como millones de adictos, con la práctica de los Pasos poco a poco he ido desarrollando la habilidad de ver mis defectos de carácter, las inmadureces que me meten en problemas y algo que ha sido extremadamente productivo: aceptar mi verdad sin dirigir la energía nuclear de mi resistencia a destruir el mensajero o “ángel” que es la misma palabra en su origen.
Precisamente, una de las razones por las que yo aprecio a mi padrino de CoDA es porque es una de las pocas personas que conozco que no se impresiona con mis pataletas. Lo respeto por su integridad y su valor de decirme la verdad aunque él sepa que me molesto y que mi primera reacción es resistir y encontrar de qué manera él está equivocado. Esos son dos síntomas… sintomáticos de mi resistencia.
Si mi padrino estuviera equivocado, pues es un ser humano y se equivoca, seguramente su error no generaría semejante reacción en mí. Por ejemplo, las veces que él ha hecho una observación que no me sirve le puedo explicar sin intensidad por qué creo que no me es útil aunque, y esto es importante, no tengo problema en mantener mi mente abierta por si acaso la equivocada fuera yo.
Sé que es una historia diferente cuando siento un intenso impulso de probar que él está equivocado y que ¡encima! es desconsiderado y cruel por decirme algo que me duele tanto. En cambio, he aprendido, su verdadera bondad en servicio consiste en interesarse más en mi recuperación y libertad que en mis pataletas y reacciones inmaduras.



