
La loca pasión que tiene mi mamá por la corrección en el lenguaje fue cultivada por notables maestros que tuvo la suerte de tener. Sin embargo, se originó en sus experiencias infantiles con su abuela Eloísa y su bisabuela Eugenia, quienes siempre tenían un diccionario a mano y se deleitaban en profundizar en las palabras, sus giros y el idioma español en general.
Esto, que es extraordinario en cualquier contexto, alcanza el rango de mágico cuando consideramos la extrema pobreza en la que estas abuelas criaron a 14 huérfanos y no solamente los mantuvieron vivos, sanos y decentes, sino que también les enseñaron los placeres intangibles del verbo y la ética. En este sentido, fueron personas muy espirituales.
Valga el desvío aquí, pues mi mamá recuerda que ambas abuelas también eran usuarias de rosarios y rezos, aunque «Abuelita Eugenia» lo hacía de un modo muy privado, mientras que «Mamá Eloísa» usaba la religión como otro de sus recursos para tratar de «domesticar» a la jauría de personalidades que constituían esta muchachera a su cargo.
Sin embargo, no es a esto a lo que me refiero con que eran «personas espirituales» sino a que utilizaban la música, la palabra, la belleza y la ética para acercarse a los deleites inmateriales del alma. Como resultado, enseñaban a su prole que la verdadera riqueza no estaba en las posesiones materiales, sino en el conocimiento, la belleza y la capacidad de ayudar a los demás.
La forma como me imagino a mi «abuela Eloísa» y su madre sobreviviendo los desafíos que les tocaron vivir es como si las hubieran lanzado al mar picado y tormentoso sin que supieran nadar y, para colmo, con ropajes de dama antañona pues fueron «niñas de linaje», educadas por institutrices en artes de damas aristocráticas como la música, el bordado y la pintura.
Sin embargo, lograron adaptarse a las adversidades con una creatividad y una habilidad dignas de Robinson Crusoe. Es supremamente importante aclarar que, aunque muchas ideas que heredaron eran poco prácticas (como creer que era mejor andar con zapatos apretados que descalza, o pasar hambre en vez de aceptar una merienda durante una visita), el énfasis principal de tal «linaje» estaba en ser una buena persona: honesta, digna y útil.
Aquí es donde veo el «socialismo aristocrático» de mi mamá originado en el ejemplo de sus abuelas. Mamá Eloísa era especialmente habilidosa para producir sustento de la nada. Sembraba toda clase de tubérculos en las generosas lomas a las que había ido a parar. Sabía reconocer frutos comestibles y hojas medicinales. Era habilidosa para criar palomas cuyos pichones eran seguros para ayudar en el tránsito de la muerte, en esos casos en que el enfermo estaba tan debilitado que no tenía la fuerza para el suspiro final.
Eloísa no desdeñaba la proteína animal de pequeños mamíferos o aves silvestres que se le atravesaran y, con habilidad de chef, hacía caldos suculentos con partes de reses y cerdos que se consideraban desperdicio en las carnicerías. Para ello, mandaba con mucha discreción a los niños mayores a ver si les regalaban un cráneo de vaca o si les vendían por muy poco algunas vísceras.
Cuando tocaba cargar agua de la pila (el lugar propio para el chismorreo y los pleitos de poca clase), Eloísa tenía un sistema: solo los muchachos iban durante la noche, cuando ya todo el mundo se había retirado. De esta manera, evitaban la posibilidad de participar en maledicencias y conflictos.
En medio de aquella pobreza, nunca les faltaba un diccionario y, mejor aún, nunca les faltaba otro comensal, frecuentemente alguien, más pobre y más desarrapado que ellos. Por ejemplo, Juancito, un muchachito caído de una miseria mayor que venía de oriente y en lugar de decir que estaba lleno decía que estaba «ahíto».
En este punto, vale señalar que imagino a mi abuela Eloísa muy habilidosa con sopas pues siempre se puede poner más agua a la sopa, lo cual explica que, en medio de aquella escasez, un comensal más pudiera estar efectivamente ahíto. Y quizás también explica lo mucho que nos gustan a mi tía Emma, a mi hermana Aimara y a mí las sopas. Gusto que mi mamá, como Mafalda, no heredó.
La palabra «ahíto» del chiquillo oriental, causó hilaridad entre la muchachera de huérfanos caraqueños, pero fue un pretexto usado por Mamá Eloísa como una oportunidad para visitar el diccionario, ampliar el vocabulario y, digo yo, celebrar y aceptar la diversidad.
Y en lo que a disciplina se refiere, Eloísa era una maestra usando el miedo para ahuyentar las complicaciones y los errores. Por ejemplo, de noche advertía sobre los peligros de «las ánimas» y de vez en cuando, efectivamente se veía una figura sentada en la salida del rancho que con las sombras de la oscuridad disuadía a cualquiera de arriesgarse fuera de los límites que tenían establecidos para dormir.
Como descubrió mi mamá que era más curiosa que miedosa, se trataba, de un muñeco de trapo, como los que se rellenan para el domingo de Judas, que de alguna forma Mamá Eloísa lograba componer con restos y sobrados para darle alguna «materialidad» a sus advertencias.
Además de sus habilidades en las ciencias de la «utilería», Eloísa era ilusionista y prestigiadora. Cuando se veía desbordada para hacer que alguno de los nietos dijera la verdad respecto a algún incidente preocupante, Eloísa usaba un truco con una llave antigua (posiblemente del naufragio de sus tiempos de adinerada) y con la ayuda y quizás complicidad de mi tía Emma, ponía la llave sobre los dedos medios de ambas. Tras una plegaria con mucha concentración tanteaba
—¿Fue fulano?
Si la llave se quedaba inmóvil no era. Y así repetía hasta que la llave daba una vuelta acusando al culpable.
A pesar de que mi mamá pudo descubrir y desarmar la mayor parte de los trucos de Mamá Eloísa, el de cómo hacían funcionar la «llave acusadora» es un secreto que se llevaron mi tía Emma y su abuela a la tumba.
Ahora bien, la bondad y creatividad de Eloísa no se limitaba a los suyos. No por casualidad la llamaban «la madre del barrio». Era médica, partera, dula de agonizantes y cualquier otra cosa que se necesitara. Sabía hacer mortajas con muy poco, lejía con las cenizas de la leña con la que se cocinaba y creaba belleza con las plantas tropicales que le regalaba el cerro o que la gente del barrio le daba en agradecimiento por sus muchos servicios.
Cuando era imperioso que tuviera dinero, lavaba y planchaba por los pagos irrisorios que sus vecinos podían costear. Hay un cuento —que recuerdo compartían mi tía y mi mamá— en el que Eloísa incursionaba en las artes de la picaresca.
Sucedió cuando ella recibió una cantidad inusualmente generosa para confeccionar una mortaja. Sacando cuentas de cuántas necesidades podría satisfacer con ese dinero destinado a alguien que ya no estaba sujeto a las vanidades de este mundo, decidió usar una sábana vieja (en vez de la tela que se suponía debía comprar) y —valiéndose de toda la maña a su alcance— confeccionó una mortaja que, para que funcionara, cubría la cabeza del fallecido.
La familia del difunto encontró la mortaja especial y reconoció el afectuoso trabajo de Eloísa quien, muchos años después, cual pícara medieval, secreteaba con mi tía:
— Lo mandé al cielo vestido de piloto
Evocaba así a esos personajes que piloteaban aviones de guerra en las películas de su época. Recuerdo ver a mi tía llorando de la risa por la mucha gracia que le hacía esta historia.
Según cuenta mi mamá, Eloísa consideraba a su mamá, Eugenia, su confidente y, mientras hacían oficios como desgranar habas del jardín o tejer las crinejas de mi mamá, hablaban de temas muy privados y no aptos para niños.
Mi mamá, con su curiosidad insaciable, prestaba mucha atención a estas conversaciones y, fingiéndose un mueble, aprovechaba lo que ellas se confesaban olvidándose de la presencia de la niñita. Gracias a eso, a menudo, Maurita «pescaba» datos interesantes que bien completaban o bien aumentaban la intriga en nuestro árbol familiar.
Casi siempre se salía con la suya, salvo en un par de ocasiones en las que impensadamente pidió una aclaratoria o hizo una corrección y salió «con el rabo entre las piernas» debido a las maneras a veces violentas de enseñarle a «no meterse en lo que no le importa». Esta es una de las expresiones más cuestionables que atribuyo a la época, porque es evidente que a mi mamá más que importarle ¡le apasionaban esas confidencias e intimidades!
La vida de Eloísa es un mapa viviente de desafíos, duelos y renuncias. Y, al mismo tiempo, es un testimonio del «socialismo aristocrático» pues haciendo las tareas más humildes nunca perdió la clase o encarnó las bajezas de la chusma.
Mi papá, sencillamente la adoraba, le encantaba su sazón, su humor y su dulzura. Creo que el amor fue recíproco.
Mamá Eloísa representa la tenacidad y creatividad de las mujeres de mi familia «las Mujicas» que, con ingenio y compasión, seguimos transformando la adversidad en oportunidades para florecer.



