El cumpleaños vórtice

Algunos testimonios de mis exageraciones

En materia de cumpleaños, hay pocas cosas más retadoras que tener el cumpleaños propio en fecha cercana al único hijo. Más difícil si el hijo cumple antes.  Mi cumpleaños es el 29 de marzo. El de Aureliano, mi hijo, cinco días antes.

Desde hace 29 años todo lo que se necesita para celebrar un cumpleaños se va por el vórtex que – incluso sin proponérselo –  crea de una de las personas más populares y desprendidas que he tenido el gusto de conocer y que casualmente es mi hijo.

Aure tiene la tendencia a ser desmemoriado con algunos detalles de su biografía y, paradójicamente, le encanta que yo le eche el cuento, generalmente para debatirlo y regocijarse mientras responde con su acento más andino:

– ¡Uy,  mamá! ¡Usted si es exagerada!

Aquí va, pues, uno de mis cuentos exagerados. Uno que retrata la popularidad  de Aure e incluye uno de mis mayores sustos y al final una cronología descoyuntada de posibles cuentos que se me quedan en el teclado.

Cuando Aure cumplió 13 años me rogó que le permitiera hacer una fiesta. En ese tiempo nos acabábamos de mudar a una casa muy hermosa en un bosquecito de Mérida. Yo había hipotecado hasta el apellido, así que le expliqué que “la masa no estaba para bollos” y que, lamentándolo mucho, yo apenas tenía dinero para hacerle una torta casera y algunos refresquitos. Esta vez no íbamos a montar alguna versión del gran rumbón, como lo habíamos hecho en cada uno de sus cumpleaños anteriores.

Aure, en su mejor estilo,  concedió que estaba bien,  que solamente cuatro amiguitos. Un rato más tarde, aclaró que sinceramente serían más como seis, máximo ¡máximo! ocho y nunca ¡jamás! más de diez.

¿Se va viendo el proceso de cómo pasamos de cuatro invitados -que no se le niegan a nadie – a diez que yo por experiencia sabía que serían más en el orden de la docena?

– Okey, Aure – acepté haciéndome la dura- diez amiguitos y ¡ni uno más!

Conociendo al muchachito, hice una torta de chocolate enorme, porque sabía que si él no iba a tener a toda la escuela en su cumpleaños, al menos les querría llevar torta. La susodicha estaba horneándose cuando llegaron los primeros invitados.

Primero, arribaron cuatro compañeritos que los llevó una mamá, luego dos muchachitas y por fin un grupito de tres. Yo me imaginé que tal como lo había sospechado serían como doce en total y que pronto se completaría el grupo.

También llegó una pediatra compañera de trabajo quien, un año antes, me había apoyado cuando yo siguiendo mi intuición materna insistí en que algo serio pasaba con la salud de Aure en un momento que sólo parecía tener una indigestión. Como Mérida es una aldea, llamemos a esta pediatra Julia, no sea que el cuento le perjudique la profesión.

En esa ocasión, Julia y yo nos enfrentamos contra toda la descalificación de “mamá gallina cuidando a su polluelo y encompinchada con una pediatra alarmista” e insistimos en diferentes exámenes que los  demás consideraron superfluos y excesivos. Y resultó que mientras Julia trataba de descifrar si los ecos estaban equivocados, uno de los cirujanos de la clínica, por Gracia de la Providencia, curioseó los valores de los anticuerpos del último examen de mi hijo y allí empezó la corredera.

Aure estuvo a minutos de sufrir una peritonitis posiblemente fatal. Las imágenes diagnósticas no revelaban una apendicitis en progreso pues él tenía una rara condición que llaman apéndice invertido, si recuerdo bien.

Así recién operado de apendicitis, Aure insistió en hacer la Primera Comunión y de ése entonces también tengo un par de cuentos exagerados, pero no nos desviemos demasiado.

Volviendo al cumpleaños de marras, yo tenía un trabajo pendiente con Julia e, ingenuamente, pensé que podría hacerlo mientras los chamos se entretenían jugando por el cumple. Sin embargo, antes de ponerme a trabajar y siguiendo esos impulsos de mamá de hijo único, dejé al grupito que había llegado, bajo la distraída supervisión de Julia y  me fui a un abasto muy cercano a comprar algunas golosinas.

Cuando volví, no más de quince minutos después, estaba llegando un policía a la puerta de mi casa. Ingenuamente, me acerqué a ver si necesitaba ayuda. No. Había encontrado el lugar; iba a mi casa pues recibió una queja por escándalo. En efecto, la música retumbaba como si hubiéramos contratado una miniteca.

En Venezuela, denunciar una fiesta escandalosa no es común en absoluto. Lo normal es que si hay una fiesta la gente sepa exactamente dónde es por el retumbar de la música. Usualmente, nadie llamaría a la policía y mucho menos en horas de la tarde en una zona residencial. Pero había una vecina amargada porque la antigua propietaria no quiso venderle la casa a ella y cuando oyó el griterío, vio la oportunidad de soltar algo de veneno.

Cuando abrí la puerta, mis ojos no podían dar crédito a lo que veía. Una turba de chamos sudorosos corría desaforada. Estaban practicando un juego horrendo de esos que los adolescentes ponen de moda y cuyo nombre no me acuerdo. Básicamente consistía en ver cuántos cuerpos podían apilarse antes de que la torre humana colapsara. Para lograrlo, los chamos corrían y saltaban hacia el tope, aplastando a sus predecesores.

Cuando por fin el policía y yo logramos que la multitud saliera de su frenesí y los invitados se dieran cuenta de que había llegado “la autoridad”, mis ojos incrédulos contaron ¡cuarenta y dos individuos!

– ¡Uy,  mamá! ¡Usted si es exagerada! – me parece escuchar a Aure respondiendo – Máximo y ¡como mucho! fueron cuarenta.

Resultó que Julia supuso que mientras yo me ausentaba lo más sabio sería preservar su audición,  así que se perdió en mi oficina con sus audífonos y Aure quedó a cargo del equipo de sonido,  la puerta y, me imagino, que de los tamtanes de la seducción también. ¿Cómo haría para convocar a tanta gente en tan corto tiempo?

Aseguré al policía que terminaríamos la fiesta lo más pronto y como pude, saqué la torta del horno. Pedí a Julia que sirviera las bebidas y a Aure que hiciera filas con los invitados porque íbamos a repartir la torta y ¡calabaza, calabaza, todo el mundo para su casa!

Atolondrados cantamos el cumpleaños. Algunos niños empezaron a quejarse de hematomas y torceduras resultado del dichoso “juego”. Yo no veía la hora de despacharlos, pero entonces me di cuenta de que la torta no se había horneado completamente y que su centro estaba todavía crudo y líquido. Miré intensamente a Julia para impedir que me contradijera y declaré.

-Se trata de una torta volcánica. El centro es de lava ¡buen provecho!

Una de las jovencitas pasó a pedirme un pedazo “para llevarle a su mamá”. Entonces Julia tomó control de la situación y declaró:

– No daremos torta para llevar. En cambio no se olviden de tomar una de mis tarjetas de la clínica por si me necesitan el fin de semana…

Dispongo de una enormidad de cuentos exagerados, varios de ellos relacionados con el proverbial “buen diente” de Aure, su encantador descaro para establecer los hechos, el conocimiento único que tiene de mi carácter, lo divertido que es como compañero de viaje y su capacidad artística y musical manifestada desde muy temprano.

Como el de su dibujo de Bolívar (a los seis años) que fue prácticamente un autorretrato. O cuando con apenas cuatro años ripostó durante una cena a la que nos invitaron: – Estuvo muy buena la comida, pero faltó una ensaladita.

O los alumnos de su papá que no creyeron que un niñito de dos años comería un plato completo de adulto… hasta que les tocó pagarlo.

O la vez que montó el show con el baile de la culebra (circa 2000) improvisando unos pasos en el escenario que mataron de risa al auditorio.

O cuando su madrina Nelly -al mejor estilo caraqueño- nos ofreció una cena improvisada una noche que tuvimos que pernoctar en su apartamentico y Aure se escandalizó: – ¿Un sanduchito? ¡Yo quiero una sopa con seco! …

O cuando se vengó de mi psico tortura (lo había convencido de que la escuela me había pedido un baile de Shakira para el acto cultural) ofreciendo en público que su mamá bailaba ¡como nadie! tambores de San Juan.

Podría seguir echando cuentos, varios de ellos del capítulo que vivió aquí en Minneapolis cuando nos vinimos juntos. Recuerdo con ternura lo que me enseñó de la ciudad cuando le dio la fiebre de bicicleta cuando tenía su pata con el Chango y Bereke. O de las veces que alcahueteado por mi amigo Enrique Plata en Madrid se dio sus aventuras de chocolate caliente en la Plaza Mayor, historietas ilustradas en la FNAC y excursiones al Museo del Jamón de Gran Vía. Atesoro los bosquejos de esos tiempos y puedo ver los parentescos con sus creaciones artísticas actuales.

O la escapada que nos echamos a Toledo y Segovia que son dos de los viajes más bonitos de mi vida.

O como se vengó de una amiga maltratadora que nos atormentó nuestro primer viaje al Louvre.

O como después de no conseguir que yo gastara un día haciendo la fila para la Torre Eiffel cuando estuvimos en París, me convenció en Chicago (y todavía me pregunto cómo lo logró) que la hiciéramos para el rascacielos Sears.

O los días paradisíacos que pasamos en Boston, cuando ya casi tirábamos la toalla con la vida en Estados Unidos y eso nos dio la gasolina para seguir.

O las excursiones a la Cinemateca con su abuelo Francisco quien antes de irse al más allá recordaba con mucho gusto la prodigiosa sopa de carne salada que con motivo del bautizo de Aure hizo la tía Lucía, que en paz descanse. Sopa que acompañamos con las arepas de nubes que hizo la abuela Concha, en el cielo también mirando probablemente con escepticismo lo mucho que consentimos al muchachito.

Capítulo aparte son las aventuras con su abuela Maura y sus tías alcahuetas. Aure podía convencer a su abuela Maura de hacer cosas que ella no intentaría de otra manera, como nadar en Playa Verde. Ese día gozamos como benditos en la Guaira Colonial. Hay una foto con el dios de varios brazos testimonio del episodio y en el que se ve la cicatriz tan cuchi que le dejó la apendectomía. Y no voy a hablar de las aventuras en el Jeep de Aimara en las costas mirandinas porque ahí sí hacemos un libro.

O las muchas alcahueterías de su tía Maura en los Museos de Los Caobos.

O cuando Aimara soltó todo para irse de guía turística de las amigas gringas (otras alcahuetas) que le cargaron a Aure desde Estados Unidos un cachivache pesadísimo que necesitaba para su bajo. Porque el muchachito ha incursionado venturosamente en la música con el bajo, la bandola y la percusión para la que tiene un talento único y no lo digo como madre, lo probó aquí jamming con bandas locales. Y como otro regalo de cumpleaños, me abstendré de mencionar el documental de la Banda (“Tinta Negra” se llamaba) que fundó cuando regresó a Venezuela.

Podría seguir hasta que llegue mi cumpleaños pero ¡claro! así probaría que Aure tiene razón, que soy una exagerada y que el vórtice de su cumpleaños es otro invento mío. ¡Feliz cumpleaños, hijo!

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Maury
Maury
6 years ago

Me reiiiiiiiii a carcajadas recordando ese poco de cuentos….muy buenos. 🙌

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