Hoy me enteré de que mi amado sponsor Dick ya es libre. Se fue a casa (como le gustaba llamar al más allá) el 7 de noviembre de 2025, en la madrugada.

Buena parte de mi recuperación en Codependientes Anónimos (CoDA) la debo a esta maravillosamente imperfecta persona. De él aprendí que el servicio es la herramienta más elevada y difícil en recuperación.

Al ver cuánto él disfrutaba transmitir con su ejemplo el mensaje de recuperación, entendí por qué servir sin expectativas es una práctica de valor incalculable que nos enseña que el amor verdadero se expresa en amar de la manera más incondicional posible

Dick era una persona muy paradójica. Procedente de la vieja escuela de Alcohólicos Anónimos, era gran practicante del «amor duro», pero al mismo tiempo tenía una ternura inusual hacia quien estuviera sufriendo, quizá excepto él. Nunca conocí a nadie más atento y dulce con una persona que estuviera recién llegando a una reunión de 12 Pasos.

En una ocasión me dijo algo que me hirió, a lo que respondí que no necesitaba más crueldad en mi vida. Él, muy sereno, alegó: «Los sentimientos vienen y van, Maru, pero tu alma necesita desesperadamente la verdad. De eso es de lo que yo me ocupo como tu sponsor». Y tenía razón: la verdad, aunque a veces duela reconocerla, siempre termina liberándonos.

Dick tuvo tanto impacto en mi recuperación que personas que apoyé o que me escucharon en charlas me pidieron que les ayudara a conectar con él. Así terminamos grabando «Como dice mi sponsor», una serie de videos que pueden comenzar a verse aquí : https://www.youtube.com/watch?v=r2aCtnLVfXE y un post que puede leerse aquí: https://www.maruruzicka.com/como-dice-mi-padrino/

Dick amaba los animales, la naturaleza, las motocicletas, su libertad y las aventuras. Fue un trotamundos y quizá un «adicto a la adrenalina». Veterano de la guerra de Vietnam, sufrió los horrores del síndrome postraumático, sobrevivió varios tipos de cáncer y nunca cedió ni un milímetro en su amor por la comida chatarra.

Cumplió muchos de sus sueños, incluyendo nadar con tiburones en la Gran Barrera de Coral de Australia, poco después de una aparatosa caída en una montaña que terminó con un traslado en helicóptero al hospital. Como aún tenía heridas sin cicatrizar, los instructores del Coral Reef le hicieron firmar un descargo de responsabilidad. A Dick le encantaba contar esa historia diciendo: «Los tiburones también tienen que comer».

En una ocasión, yo estaba perdiendo el sano juicio con el embargo de los Estados Unidos hacia Venezuela, por lo que él me invitó a hacer servicio. Aunque me rebelé cuanto pude, terminé en Las Vegas con él y dos amigos en recuperación. Así tuve uno de los testimonios más inolvidables de los milagros que ocurren cuando rindo mis certezas y me dispongo a tener una mente abierta. Lo habían invitado para que fuera el orador principal de la Intergrupal de Nevada. Cuando terminó su increíble historia, no había un ojo sin lágrimas en la sala.

Sin embargo, no era una persona fácil. Terco y a veces prejuiciado, podía ser exasperante, pero canalizaba a Dios de una manera tan intensa y clara que era fácil perdonarle su limitada humanidad.

Había estudiado para consejero de adictos en Hazelden (la prestigiosa institución líder en recuperación), pero para pagar la deuda de sus estudios se hizo camionero. Por esto conocía muchos rincones del inmenso Estados Unidos. Juntos viajamos por tierra para el trigésimo aniversario de CoDA y, como era tan generoso, en nuestra ida a Arizona me mostró lugares indispensables para comprender y amar este país. Una vez en el evento, me presentó a los fundadores de CoDA, Ken y Mary, quienes tenían gran aprecio por cómo Richard (así lo conocían allá) llevaba el mensaje de recuperación.

De regreso a Minnesota adoptó a una de sus queridas amigas, que se encontraba en un atolladero y, en nuestra parada en Colorado, en un parque con chorreras llamado Seven Falls, tuvo una experiencia espiritual, recordando y perdonando a su padre. Su amiga y yo lo abrazamos, conmovidas y honradas por lo que presenciamos. Una vez repuesto, sin embargo, Dick nos amenazó cual capo mafioso por si se nos ocurría divulgar lo que habíamos vivido allí.

Ya al final de su vida estaba continuamente cansado. La edad implacable, las múltiples cirugías, secuelas de su cáncer de esófago y la manía de comer como un adolescente huérfano lo dejaron desnutrido y agotado e incapaz de cabalgar su pesada Harley Davidson.

En esos tiempos yo pensaba tomar un curso de resucitación y, cuando Dick lo supo, me hizo jurar que, si él llegaba a sufrir un colapso, me abstendría de intentar salvarlo.
Por eso, aun con la tristeza de su ausencia física, tengo una alegría melancólica: la certeza de que Dick ya está libre de su cuerpo y en ese más allá al que tanto aspiró después de tantas rebeliones.

Quiero imaginar que desde allí satisface, uno de los pocos sueños que no llegó a cumplir en sus trotes mundano: visitar el Churún Merú, la caída de agua más alta del mundo, en Venezuela mi país natal.

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lourdes
lourdes
3 months ago

Gracias por compartir esta experiencia. Aunque sea considerado como una noticia triste, la idea de que alguien es libre trae también mucha alegría. mucha esperanza. Creo que fue una suerte para ti haberlo tenido en tu vida.

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