Una de las cosas más difíciles de entender de los Grupos de 12 Pasos es que no se trata de grupos religiosos. Es muy paradójico porque una vez que empezamos a asistir a uno de sus programas se empieza a escuchar la palabra Dios o la expresión “Poder Superior” aquí y allá, términos ambos que le pueden dar ganas de echar a correr a alguien que ha pasado toda su vida “rebelándose” a creencias religiosas impuestas o que en algún momento se ha sentido abandonado por Dios.
Casi todos los adictos llegamos a la recuperación en bancarrota espiritual. Hay quien cree en Dios pero no cree que Dios pueda ayudarle. Quien cree, como creía yo, que Dios existe pero es un incompetente y hasta quien cree que Dios no existe sino que es una invención humana. Como dice Lawrie C, un ateo, comedor compulsivo recuperado que ha ayudado a millones de personas a través de su servicio: el problema de si Dios existe o no existe es irrelevante porque no se puede probar ni una cosa ni la otra.
¿Qué hacer entonces? Mejor pasemos a aprender cómo vivir que es el principal problema que nos lleva a reconfortarnos con alguna sustancia o comportamiento tales como el alcohol, tratar de controlar a otros, comer exageradamente, anestesiarnos con Internet o la televisión, volver el trabajo única manera de validación, etcétera, etcétera.
Lo maravilloso de los grupos de 12 Pasos es que no exigen nada. Uno no tiene que creer nada para pertenecer. No tiene que pagar nada ni “convertirse” de ninguna manera. Se puede asistir a reuniones de 12 Pasos y no cambiar nada, seguir creyendo lo que uno siempre ha creído y seguir obteniendo los mismos resultados. Eso es una posibilidad.
Sin embargo, cuando somos capaces de ver nuestras compulsiones como una enfermedad la cosa cambia. La palabra “recuperación” que uno escucha en los programas de 12 Pasos, mucho más que cualquier otra, se vuelve seductora porque ya no se trata de cambiarme porque soy una mala persona o una persona equivocada. Se trata de sanar y ser libre.
Para eso sí que se requieren tres cosas: Honestidad (respecto a lo incontrolable que se ha vuelto mi vida), Mente Abierta (respecto a lo que no he experimentado) y Disposición (para creer que así como otros han sanado yo también puedo).
Estos tres requisitos no son ninguna minucia. Para mí supuso un dolor emocional insoportable. El problema es que de inmediato venían voces en mi cabeza a decirme que yo no estoy tan mal, que eso de llamarme a mí misma adicta es una exageración, que yo no soy como un alcohólico, que si yo quisiera cambiaría, etc.
Entonces encontré el Libro Grande de AA y estuve suficientemente desesperada para seguir sus instrucciones, aún sin creer en ellas. Eso es lo genial. Creer en Dios o en un Poder Superior no es un requisito para sanar. No es necesario creer EN el programa sino creer QUE el programa ha funcionado para otros. Es la diferencia entre CREER EN y CREER QUE.
Precisamente, hay un cuento que me encanta para ilustrar lo de la “mente abierta”. Desconozco su origen aunque parece de las Mil y Una Noches. Se llama Prisionero de su Propia Creencia.



