A pesar del desgarramiento que ofrece la muerte física es cierto que las personas que amamos nunca abandonan nuestros corazones.

Hoy salí al frente de mi casa y encontré todo cargado de pepitas rojas al arbolito que anuncia la navidad. Ya los días se han vuelto cortos y oscuros aquí en Minnesota, donde vivo.

La brevísima explosión de colores del otoño está pasando para darle paso a días helados y nevadas tempranas. En un momento de contemplación, mientras admiraba el arbolito, lloré un rato el dolor de mi hijo por la pérdida de dos tíos quienes sucumbieron en Venezuela ante el coronavirus.  

Una vez leí que el duelo es una experiencia inhumana y que la única manera de sobrevivirlo es expandir nuestra humanidad en amor.

Sólo puedo imaginarme el sufrimiento de sus hijos, uno de ellos fuera del país e imposibilitado de viajar a despedirlos en persona. Mi corazón y mis plegarias para que encuentren la fuerza de seguir negociando con el dolor y amando a sus padres quienes ahora viven en sus corazones.

Cuando recuerdo a mi excuñado, el tío Tico de mi hijo, pienso en uno de los ataques de risa más interminables que alguna vez yo haya tenido. Tico era (y es en el recuerdo de muchos) un hombre que enfrentaba los rigores de la vida con guasa; una ligereza y búsqueda del humor a ultranza. La misma que nos ha salvado a los venezolanos de tantas vicisitudes sin caer en la amargura.

Mi ataque de risa ocurrió en Mérida (la de Venezuela, cuna de mi hijo Aureliano) en una visita familiar en la que Tico recordaba su rebeldía juvenil. Tenía 17 años. Como buen adolescente, estaba harto de que Concha, su mamá con quien ya se habrá reencontrado, le dijera cómo vivir. Ansioso de encontrar nuevas maneras y aventuras, se largó de casa, sin mucho protocolo.

Para reunir el dinero del viaje, había vendido unas pocas pertenencias y acumulado un dinerito que guardaba en su billetera como seguro para sostenerse hasta que tuviera un plan más claro. De momento sabía que iba de sus Andes nativos hacia una ciudad costera, pues no conocía el mar.

No pasó mucho tiempo, tras una noche de mal dormir en el autobús, cuando se dio cuenta que su billetera había desaparecido. Y aquí, como un poeta griego, Tico introdujo el elemento cíclico de la historia que todavía me mata de risa recordar. Un gesto que usaría como hilo conductor de su tragicómico relato que desenlaza con su regreso a casa con el rabo entre las piernas.

Este es el gesto: encogía los hombros, apretaba la barbilla contra su pecho, contraía la cara como quien espera el impacto de un tren a toda velocidad y después miraba a la audiencia y elevando las cejas arqueaba la boca en un arco descendiente mientras disfrutaba cómo nos revolcábamos de la risa.

Este gesto puntuó cada momento desesperado de su viaje: la billetera perdida, el amigo que no se presentó como prometió, la casa abandonada en la que pernoctó sin agua, su hambre inclemente compitiendo con el asombro del mar, el trabajo imposible trasladando una montaña de cocos con una pala y pare usted de contar.

Como buen comediante, Tico nos compartía en cada segmento del relato su esperanza seguida por el ineluctable desastre, entonces hacía el gesto. El genio del asunto es que podíamos ver en su cara la inocencia de un chiquillo que cree que lo sabe todo y la vida, con esa inconveniencia que la caracteriza, enseñándole cómo son en verdad las cosas. Incluyendo que no hay como el humor para aligerar la impotencia en los infortunios.

Por años, estuve usando ese gesto cada vez que tenía que anunciar noticias adversas y todavía la anécdota es un éxito cuando medianamente puedo repetir el gesto.

Dalila, la esposa de Tico -la otra tía de mi hijo fallecida- parecía inmune a “las payasadas” de su esposo pero sé de primera mano que no lo era. Ese humor creo que fue la piedra angular del matrimonio de dos personas con temperamentos y sueños muy diferentes, si mi memoria no me engaña.

Dalila era tranquila, con esa parsimonia de la gente llanera de mi país. Recuerdo su sazón, su pulcritud  y el amor desmedido por sus hijos. Justamente, a José Inocente (para más paradoja el nombre de bautizo de Tico) le gustaba hacer chistes de cosas importantes para ella, como el nombre de su prole.

Creo que a propósito de un Almanaque Mundial que le regalamos en una navidad, Tico encontró el nombre Antofagasta, una localidad al norte de Chile ¡Mejor que no! Decidió cambiar el dulce nombre de su hija María Milagros, apenas recién nacida, llamándola Antofagasta, Anti, Tofi y otros nombres por el estilo.

Me consta que Dalila volteaba los ojos, le pedía que parara, pero solamente con la ternura de alguien que sabía que Tico requería de esa resistencia para “poner en escena” su chiste y causar más hilaridad.

En la cocina de su casa,  con el calor inclemente del llano que siempre me atontaba, mientras yo trataba de ayudar con la preparación de la comida – y en el proceso, aprender de su “sazón”-  Dalila me aclaró que Tico no la molestaba ni un ápice. Ella pretendía que sí para cooperar con el chiste de su esposo. Así aprendí inadvertidamente una de las reglas más valiosas en una relación de pareja: siempre tratar de jugar en equipo.

Muchas historias cómicas se agolpan en mi memoria en este momento de duelo. Como la vez que Tico trató de lucir “cool” mientras se marchaba a través de un estacionamiento cerrado con una cadena. No se le ocurrió nada mejor que meter ambas manos en los bolsillos de su pantalón bastante ceñido, con lo cual perdió toda posibilidad de maniobrar. Así cuando la realidad le demostró que la cadena era más alta que su capacidad de saltar, terminó cayendo como un plátano y haciendo un papelazo ante la gente que trataba de impresionar. Me releo y no suena muy chistoso. Le falta la sazón de Tico.

Y tal como me compartió mi hijo Aureliano, a pesar del momento desgarrador con la muerte física de esta pareja, siempre serán mayores los momentos de alegría y significado que dejaron tras de sí.

Hoy puedo corroborar con la certeza de una campana -y por toda la experiencia reencontrando a mi papá en detalles inesperados- algo que me dijeron hace casi 16 años, cuando mi papá falleció en otro octubre de duelo: las personas que amamos nunca abandonan nuestros corazones.

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Maura
Maura
5 years ago

Bonito y sentido homenaje, Maru. Me acuerdo muy bien de ellos, especialmente un día que gentilmente nos recibió en su casa, para hacer tiempo mientras yo esperaba el bus para regresar a Caracas. Recuerdo una riquísima comida que ella hizo y los chistes que nos hicieron el rato más agradable y la espera más corta, y obviamente a sus hijos, en aquel entonces, pequeños. Que lamentable ambas partidas.

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