
Un milagro es un cambio de percepción que reemplaza el miedo por amor. A veces parece manifestarse cuando uno obtiene lo que desea, pero su esencia verdadera ocurre cuando la mente logra reinterpretar algo difícil o indeseable desde el amor, como enseña Un Curso de Milagros.
En el post anterior conté cómo un accidente me mostró que sigo reaccionando con la vieja hiperresponsabilidad codependiente: la creencia de que “YO tengo que resolverlo”. Ese día fue uno de esos en los que sé que puedo ayudar a mi percepción con la solución que ofrece una reunión de Codependientes Anónimos.
El problema es que llevaba tiempo sintiendo que mi reunión habitual de CoDA (mi reunión hogar) no me estaba nutriendo. Allí escuchaba demasiada catarsis y poca práctica de la solución que proponen los Doce Pasos. Oré pidiendo una señal clara de que era hora de buscar otra opción. Y la recibí.
Recientemente, una persona en esa reunión anunció que había comprado una casa a un familiar adicto activo. La mayoría lo celebró entre aplausos. Me pregunté: si en Alcohólicos Anónimos alguien dijera que anoche se divirtió como nunca con una tremenda borrachera, ¿los miembros lo aplaudirían? La conclusión me golpeó: había llegado el aviso inequívoco de que yo necesitaba un cambio, pero ¿a dónde ir?
¿Qué hacer cuando siento que necesito algo que no encuentro? Confiar. Y para llegar a esa confianza, nada mejor que meditación y oración. La tarde del accidente, estaba agotada física y emocionalmente, así que me regalé 24 minutos de silencio en meditación. Después oré a mi Poder Superior con mi plegaria favorita en esos casos: “Yo hago lo que Tú me pidas, si cuento con Tu claridad y Tu fortaleza”.
Entonces, recordé una reunión nocturna de CoDA cerca de mi casa. Sentí el milagro: un cambio de percepción que me guiaba a ir justo a un lugar que antes me habían desaconsejado. Y recibí la energía para hacerlo.
En el próximo post contaré lo que sucedió cuando asistí: cómo, en un comentario inesperado, pude tener otra interpretación de lo ocurrido.



