Apreciación versus Acostumbramiento

Con mi “familia canaria”: Carmencita a la izquierda, la Señora Carmen en el centro y Nelly a la derecha.

    “En esa foto estábamos felices y ni cuenta nos dábamos”, comentó mi amiga Nelly, cuando le compartí una foto con su hermana, la inolvidable Carmencita cuyo “cambio de residencia” conmemoramos un día como hoy, 06 de julio, hace cuatro años.

    Tengo otra percepción. Recuerdo haber sido intensamente feliz en el 2012 (el tiempo de la foto) cuando, Nelly y yo nos escapamos a Margarita, la isla del Caribe, a la manera venezolana de Thelma y Louise.

    Es cierto que en ese momento, no tenía el vocabulario, ni los conceptos espirituales que hoy me ayudan a comprender mi vida. Fue justo un mes antes de que yo descubriera las enseñanzas del Libro Grande. Sin embargo, hoy me doy cuenta de que un evento trágico y una serie de dificultades me abrieron las puertas a una profunda apreciación de una experiencia feliz.

    Así lo recuerdo. Volé a Venezuela en apuro porque nuestra madre canaria estaba hospitalizada muy afectada por una condición cardíaca. Tanto Nelly como Carmencita me habían recomendado que me fuera a despedir. Sin embargo, la señora Carmen, fiel a su estirpe guanche, superó la crisis y hoy, con 94 años, se encuentra bordando maravillas y tejiendo escarpines para adultos consentidos.

    En esos primeros días de post-hospitalización, Carmencita hospedó a su mamá pero la Señora Carmen demostró que ya estaba en franca recuperación cuando pidió con desespero volver a su casa en donde -como tres hijas de la vida- Carmencita, Nelly y yo nos turnamos para atenderla.

    Sin embargo, yo tenía fecha de regreso a Minnesota, en donde vivo, y quería ver a mi hijo que vive en los Andes. Nelly, por su parte, también necesitaba ir a la isla de Margarita por asuntos de una propiedad. Hoy en día, sé que fue la Providencia quien me regaló la experiencia porque sin ninguna lógica se me ocurrió proponerle a Nelly que voláramos juntas a la isla, justo antes de regresarme.

    La idea de una vacación en el Caribe, en otras palabras, la idea de descansar y pasarla bien, tras una crisis de salud tan severa era completamente contraria a mi cultura y a la de Nelly y, sin embargo, algún ángel dijo “Amén” porque pudimos.

    Resulta que en esos días hubo un temporal terrible en los Andes y cancelaron mi vuelo desde Mérida pero, entonces, otra hermanita de vida, mi Isabelita, inventó una aventura delirante en donde atravesamos por tierra uno de los páramos más peligrosos (especialmente con aquel clima) y tuvimos un viaje espectacular e inolvidable hasta la zona llana de mi país. Para no alargar más el cuento, baste decir que me reuní con Nelly en el aeropuerto a apenas 10 minutos de salir el vuelo para la isla.

    Y entonces pasamos unos días maravillosos. También nos ocupamos de lo que Nelly necesitaba resolver. Recuerdo de esos días que a Nelly la asaltaba la vieja maña de sufrir porque se suponía que no estábamos vacacionando sino “haciendo diligencias” y yo la retaba hasta que se le pasaba.

     Por ejemplo, un día inventó que nos fuéramos caminando a una playa que quedaba algo lejos de donde estábamos. Yo acepté caminar bajo el sol inclemente, pues no sabía de otra alternativa pero, apenas salimos, pasó un taxi y me dio un precio que yo podía pagar.

    Nelly, con tono reprobatorio, me dijo que no le parecía gastar ese dinero y que ella caminaría a lo cual contesté “Okey, nos vemos en la playa.”  Recuerdo las carcajadas de ambas cuando ella se dio cuenta de que lo decía en serio y se puso a gritar al taxi que se alejaba para que la esperáramos.

– ¿De verdad pensabas dejarme?

– Me imaginé que podía ir adelantando con mi baño de playa y así cada quien goza como le gusta. Acuérdate que yo vivo en el centro-norte de Estados Unidos y mis chances de ver una playita de mar, son mínimos.

    La conclusión a la que quiero llegar es que la vida (como suele hacer) en aquella ocasión nos dio todo: el susto, el milagro, las dificultades y obligaciones así como la oportunidad de disfrutar. Y ése coctél fue necesario para que pudiéramos apreciar verdadera e intensamente.

    Hace poco aprendí que está en nuestra naturaleza humana acostumbrarnos rápidamente a las cosas buenas, con lo cual dejan de ser fuente de satisfacción mientras que nuestro malestar por las dificultades permanece por más tiempo.

    Algunos teóricos llaman a esto “Acostumbramiento Hedonístico” y parece que es un rasgo necesario para la sobrevivencia cuando éramos animales nómadas. Según lo entiendo, si por ejemplo, una tribu encontraba una fuente abundante de comida y agua, se sentían felices por un momento, pero el estado de relajamiento y confianza no debía durar mucho pues debían fijar su atención en un peligro posible, por ejemplo un depredador.

    En la vida moderna, esta manera de reaccionar a lo bueno de la vida -generalmente- no tiene sentido y, sin embargo, está engranada en nuestra forma “natural de ser”. De allí nuestra propensión a la preocupación en vez de al agradecimiento y a la apreciación. Algo que el dicho popular resume como “Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde.”

   ¿Cuál es la lección espiritual que quiero dedicar a mi amiga Carmencita? Bueno que los problemas y las dificultades los podemos ver como un marco para apreciar y disfrutar mejor. Y más aún, que si meditamos y practicamos gratitud y contemplación regularmente podemos prescindir de la dependencia de dificultades para apreciar verdaderamente y entonces podemos disfrutar los momentos buenos de este pasaje tan corto que llamamos vida.

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aritesanos
4 years ago

Excelente!! Gracias por recordarme disfrutar del presente y recordar que muchas cosas”no están pasando ahora”…me ha sido muy útil!! 🙏

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