
Cuando me encuentro atascada en un patrón de codependencia tengo que encontrar maneras de salir del pantano. Un dicho lo explica clarito: “La mente que creó el problema no va a resolverlo”.
Como he contado, la meditación diaria me ayuda a reconocer y separarme de “las voces” autodestructivas que me dicen “¿Quién me habrá mandado a mí a ponerme a escribir nada?” o “Mejor dejo este blog porque sólo se me ocurren puras estupideces.” o la persuasiva postergación “Lo hago después. Necesito investigar más”.
Lo bueno de reconocer estos pensamientos como “visitantes indeseados” es que me da perspectiva para usar las herramientas pues sé que tengo que salir de mi cabeza ¡urgentemente!
Los Patrones de Recuperación, además, me detallan tanto el problema como la solución. Otra vez ¡un patrón de baja autoestima!
Una ahijada me dijo una vez “No me explico cómo puede gustarte esta herramienta, Maru. A mí me avergüenza ver mis deficiencias retratadas en un papel y darme cuenta de que ¡no sé cómo pasarme a la recuperación!”.
Ese día compartí con ella el “secreto” de recuperación que otros han compartido conmigo: yo no tengo ese poder.
Por eso necesito un Poder Superior que me guíe, como me inspiró (tras una oración) para que usara el teléfono como herramienta. Así, mi amiga -la mensajera para mi dilema- me sugirió “déjate ver, Maru, y echa el cuento como me lo estás contando a mí”. En esta ocasión, creo yo, mi amiga fue un “ángel” que me “transmitió” instrucciones precisas de mi Poder Superior.
La palabra ‘’ángel” en su origen significa mensajero. Dice John MacDougall -autor de “Estar sobrio y volverse feliz”- que “ángel” describe un oficio al igual que “bombero” describe un quehacer. Tenemos la idea de que los ángeles son seres alados y virtuosos. Sin embargo, así como un bombero puede apagar un incendio aunque sea un adúltero o un mentiroso, un ángel puede ser cualquiera que transmita un mensaje de Dios.
Si creemos eso, tenemos que aceptar que todos, en algún momento y muchas veces sin saberlo, somos ángeles para otras personas. A veces, como mi amiga (¡Dios la bendiga!) presentando la solución y a veces -como gente que me cae de lo peor- mostrándome algo que no quiero ver.



