A mis amigos Meralys e Hildemaro
Algunos de los años más queridos y recordados de mi vida, los pasé trabajando en una guardería para bebés sordos que creamos en Venezuela en los noventa, a pesar de que todavía prevalecía la idea de que los sordos debían ser tratados como “deficientes auditivos” en lugar de personas que necesitan un idioma visual (una lengua de señas) para poder desarrollar su potencial imaginativo, intelectual, lingüístico ¡en fin! humano.
Para ese entonces, trabajábamos con mucha escasez material. No teníamos cunas, ni juguetes y muy poco de los recursos materiales necesarios en una guardería, pero contábamos con dos jóvenes sordos usuarios fluidos de la Lengua de Señas Venezolana, acceso a la detección de bebés de alto riesgo y mucho entusiasmo. Quizás lo más valioso que teníamos era un increíble monto de libertad que ahora valoro melancólicamente, viviendo como estoy en Estados Unidos, en donde muchas ideas de servicio y cambio pasan por los hornos pulverizantes de la burocracia con sus permisos y certificaciones.
Según Oliver Sack -en su libro “Veo una voz”- esa humilde guardería fue una de las primeras en el mundo. Los niños que se beneficiaban de ella tempranamente eran casi siempre pobres pues los padres con más dinero, frecuentemente, preferían transitar la ruta del milagro médico y buscar “especialistas” antes de rendirse a la evidencia de que su hijo necesitaba desesperadamente articular la realidad con un idioma y que ese idioma sería una lengua visual que aprenderían de otros sordos.
Un día, llegó a esta guardería un niñito de casi tres años llamado Manuel (no se me olvida), sordo por efecto de una medicación durante una infección cerebral. Manuel tenía fama de terrible; mordía, pateaba y se comportaba con desenfreno. No sólo era paupérrimo sino que había sido abandonado, “recogido” por una madrina que a mí me alborotaba las sospechas -más que todo- porque bastaba una mirada de la señora para que el niñito travieso se apagara con un temblor de miedo.
Mi experiencia me decía que Manuel seguramente era muy inteligente pero que, en ausencia de un idioma y de amorosa disciplina, no lograba encauzar sus energías y ganas de aprender. El tiempo me dio la razón, los tiernos y consistentes cuidados de los sordos a cargo de la guardería, el uso de diálogos visuales (“¿tienes hambre?”, “¿quieres un abrazo?”, “¡Vamos a contarte un cuento!”) y la camaradería con niños de su edad fueron gradualmente conquistando al demonio de Tasmania quien resultó ser un aprendiz insaciable.
En un par de meses en la guardería, su comportamiento cambió de una manera tan radical que era un placer verlo jugar y aprender sin cansancio. Aunque había aprendido un significativo vocabulario, ansiaba decir y decir con sus manitos y con avidez preguntaba el nombre de todo cuanto podía alcanzar , todavía había un problema. Manuel no parecía comprender su nombre en señas. Cuando se le nombraba, parecía confundido y si jugábamos juegos que implicaran su nombre siempre se quedaba en un limbo.
Entonces llegó el día de su cumpleaños. Como era costumbre compramos una modesta torta y “señamos” el “Cumpleaños feliz” para animarlo a que soplara las tres velitas. Ese día, lo recuerdo tan vívidamente, vi a Manuel por primera vez usar la seña de su nombre mientras se apuntaba a sí mismo en medio de la felicidad de ser el protagonista de la fiesta.
¿Y qué tiene que ver esta historia con mi blog? Bueno, el 15 de septiembre mi blog cumplió un año. Y cuando veo lo mal atendido que lo he tenido en estas últimas semanas… no puedo dejar de recordar el milagro de un cumpleaños celebrado. Aunque sea tarde: ¡Feliz cumpleaños, Manual de Vida!





!Feliz cumpleaños! Y recuerda que no todas las plantas hay que regarlas con igual frecuencia
¡Excelente recordatorio! Gracias, Lou.
¡Feliz cumpleaños! Tremenda historia inolvidable, gracias por compartirla.